Breve contexto histórico
Argentina, ubicada en el extremo sur del continente americano, ha atravesado diferentes procesos de formación estatal, una modernización desigual y disputas persistentes en torno a la construcción de su identidad. Durante el periodo colonial, su territorio fue incorporado inicialmente al Virreinato del Perú y, a partir de 1776 al Virreinato del Río de la Plata, con sede administrativa en Buenos Aires. Está reorganización situó a la región en una posición periférica dentro del sistema colonial, lo que limitó el desarrollo institucional y cultural en comparación con otros centros virreinales.
La Revolución de Mayo en 1810 y la declaración de la independencia en 1816 marcaron el inicio de un prolongado periodo de inestabilidad política. De esta manera las tensiones entre modelos centralistas y federales dominaron gran parte del siglo XIX, en paralelo con la expansión del modelo agroexportador y la consolidación de una élite liberal que impulsó un proyecto de modernización basado en parámetros europeos. La Constitución de 1883 institucionalizó ese proyecto, promoviendo la inmigración europea y autorizando la ocupación de los territorios indígenas mediante campañas militares como la “Conquista del Desierto”. Este proceso no solo implicó una reconfiguración territorial forzada, sino también la exclusión sistemática de las culturas originarias y afrodescendientes. Así, se proyectó una nación blanca, moderna, además de europea, ocultando la diversidad étnica y cultural que históricamente ha habitado el país.
Durante el siglo XX, Argentina alternó en gobiernos democráticos y dictaduras militares. La última dictadura cívico-militar (1976-1983) impuso un regimen de terrorismo de Estado, carcterizado por desapariciones forzadas, censura cultural y represión ideológica. Con todo, la recuperación de la democracia inauguró un nuevo ciclo político-cultural, en el que la memoria histórica, los derechos humanos y el reconocimiento de la pluralidad cultural pasaron a ocupar un lugar central en la vida pública, afectando la producción artística y simbólica.
Comunidades
Aunque el Estado argentino promueve una identidad nacional homogénea, blanca y europeizada, el país presenta una gran complejidad cultural. En su territorio habitan más de treinta pueblos indígenas reconocidos oficialmente, entre ellos los mapuches, qom, wichí, guaraníes, diaguitas, ava-guaraníes y comechingones. Sus luchas por los derechos territoriales, lingüísticos y culturales se han vuelto más visibles desde fines del siglo XX, acompañadas por procesos de revalorización de sus memorias históricas y saberes ancestrales. Del mismo modo, la comunidad afroargentina, cuya presencia fue central en los procesos coloniales y republicanos, ha sido sistemáticamente invisibilizada en los relatos oficiales. Actualmente, se articula desde lo político y cultural para reivindicar su historia, sus prácticas estético-artísticas y su participación activa en la construcción del país. Estas demandas han impulsado investigaciones, políticas públicas e iniciativas artísticas que buscan reparar siglos de exclusión.
Por otra parte, la inmigración europea -particularmente la italiana y española- modificó radicalmente la fisionomía urbana y cultural del país entre fines del XIX y principios del XX. En ciudades como Buenos Aires, Rosario y Córdoba, esta migración contribuyó a construir un imaginario moderno y cosmopolita que convivió, en tensiones, con expresiones populares y rurales. Más recientemente, los flujos migratorios provenientes de países limítrofes, del Caribe, África y Asia han reconfigurado la diversidad cultural Argentina, cuestionando las narrativas fundacionales del mestizaje blanco y de una supuesta cultura homogénea.
Producción artística
La producción artística argentina se desarrolló en condiciones periféricas durante el período colonial, con escasa institucionalización. Aún así, subsisten expresiones significativas de arte jesuítico-guaraní en la región nordeste, resultado del encuentro entre la iconografía cristiana y los saberes indígenas. Tras la independencia, surgieron esfuerzos por construir una iconografía patriótica y un sistema de formación artística. Artistas viajeros como Emeric Essex Vidal y Jean Philippe Goulú registraron escenas urbanas, costumbres criollas y paisajes locales, mientras que figuras ilustres como Manuel Belgrano promovieron la enseñanza del dibujo con fines civilizatorios.
Durante la segunda mitad del siglo XIX, la creación de la Sociedad Estímulo de Bellas Artes (1876) y el Museo Nacional de Bellas Artes (1895) marcó un punto de inflexión en la profesionalización artística. Pintores como Prilidiano Pueyrredón, Cándido Lopez y Juan León Palliére desarrollaron una pintura centrada en el retrato, las escenas históricas y el paisaje rural. Su obra contribuyó a construir una narrativa visual de la nación, integrando elementos costumbristas con un enfoque documental.
En las primeras décadas del siglo XX, se profundizó el debate sobre la necesidad de un “arte nacional”. Figuras como Fernando Fader, Cesareó Bernaldo Quiróz y Jorge Bermúdez exaltaron al gaucho y al paisaje argentino como símbolos identitarios. Estas propuestas coexistieron con las primeras vanguardias, en las que artistas como Emilio Pettoruti y Xul Solar introdujeron el futurismo, el simbolismo y la abstracción, proponiendo una renovación formal que dialogaba con lo internacional sin perder el anclaje local. Del mismo modo, la segunda mitad del siglo XX trajo una expansión de lenguajes visuales con una fuerte politización del arte. Corrientes como el arte concreto, el madí, el informalismo y el expresionismo abstracto transformaron la escena.
En las décadas del 60-70, el arte se vinculó activamente con la militancia política. Experiencias como Tucumán arde, las obras de León Ferrari y las acciones del Grupo CAYC desafiaron las instituciones del arte, integrando denuncia social, crítica conceptual y participación comunitaria. Durante la dictadura, numerosos artistas fueron exiliados o perseguidos, aunque el arte persisto como un espacio de resistencia simbólica. Con el retorno, emergieron nuevas formas de intervención estéticas atravesadas por la memoria, el feminismo, la diversidad sexual, el ambientalismo y las reivindicaciones de pueblos originarios. En la actualidad, el arte argentino se caracteriza por su heterogeneidad formal, su compromiso social y su expansión por territorios antes considerados marginales.
Más allá del arte académico o moderno, las artes populares y las artesanías han sostenido una producción estética vital, aunque históricamente desvalorizada por los discursos oficiales. Estas prácticas, enraizadas en comunidades rurales, urbanas e indígenas, vinculan saberes ancestrales, trabajo manual, y memorias colectivas. Constituyen formas visuales de expresión profundamente ligadas al territorio, espiritualidad y la identidad cultural. Entre las expresiones más significativas, se encuentra la textilería indigena, en especial entre los pueblos mapuche, guaraníes, diaguitas y qom. Estás tradiciones utilizan técnicas ancestrales de tejido en telar, fibras naturales y diseños simbólicos que codifican una visiones del mundo, cosmogonías que se vinculan con la naturaleza de sus territorios. En paralelo, la cerámica popular expresa continuidades culturales prehispánicas, tanto en su uso cotidiano como en sus dimensiones rituales. Ejemplos notables incluyen la alfarería negra diaguita o las piezas de cerámica salteñas condensan formas de conocimiento corporal y memoria histórica.
En regiones como el norte argentino, persisten prácticas devocionales como los exvotos, retablos e imágenes domésticas, que integran elementos católicos, sincretismos entre religiosidad indígenas y afroamericanas. La cestería wichí y qom, realizada con materiales vegetales, destaca por su refinamiento técnico y su transmisión intergeneracional. En el ámbito urbano el fileteado porteño se erige como una forma de arte gráfico popular -nacido en los carros y colectivos en Buenos Aires-, reconocida por su ornamentación simbólica y su fuerte identidad local. Otra expresión de gran carga colectiva es el arte del carnaval, que combina máscaras, bordados, comparsas y músicas, constituye un espacio de activación colectiva de la memoria, que reafirma la resistencia identitaria. Asimismo, el muralismo comunitario -presente en barrios populares, pueblos indígenas y zonas rurales- permiten construir relatos visuales alternativos con ideas de pertenencia y creación colectiva.
En las últimas décadas, estas prácticas han adquirido mayor legitimidad gracias al trabajo de colectivos culturales, programas estatales como Cultura Viva Comunitaria y el reconocimiento de artistas contemporáneos que las integran a sus obras. Gabriel Chaile, por ejemplo articula formas de cerámicas precolombinas con referencias arquitectónicas precarias del presente, generando piezas de gran potencia visual y simbólica. Estas expresiones no son formas estáticas del pasado, sino prácticas vivas que articulan historia, territorio y creación colectiva de arte.
Reseña realizada por: Florencia Lizana (2025)
Revisión a cargo de: Camila Caris
Bibliografía
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